Capítulo XXII.1

XXII.I

A principios de 1910 Camila, William y el pequeño Sam partían para Nueva York. A punto estuvo Samuel de irse con ellos, pero Camila ─que postergó su marcha cuanto pudo para estar con su padre─ tenía comprometidas diversas galas en varias ciudades estadounidenses antes de incorporarse a los ensayos de Naughty Marietta ─una opereta de Victor Herbert, a quien William conoció través de su maestro Dvořák y por el que sentía gran admiración─ que se estrenaría a finales de ese año en Broadway. William iba a ser, además, su ayudante de dirección, una gran oportunidad. Luego la esperaba otra larga gira y, si no antes, como muy tarde a mediados de 1911 volvería con su marido y el pequeño a París para protagonizar una nueva producción de Los cuentos de Hoffmann en la Opéra-Comique. Samuel se quedó en Montmartre, demasiado trajín tener que viajar de ciudad en ciudad, demasiado tiempo a solas en la, a su juicio, arrogante Nueva York, donde ni tan solo podría contar con la compañía de su nieto puesto que Camila no quería separarse de él y lo llevaba consigo a todas partes con una niñera que había contratado.

Poco después, a finales de enero, una crecida del Sena provocó una de las peores inundaciones que había conocido la ciudad. Los días comprendidos entre el 20 y el 28 de dicho mes llegaron a conocerse como la “semana terrible”. Veinte mil edificios, ciento treinta calles y cuarenta kilómetros de vía pública acabaron anegadas. Muchos no podían siquiera salir de sus casas, con los bajos inundados, y se les procuraba alimentos mediante barcas. La mayor parte de la ciudad quedó sin gas, electricidad y teléfono, el transporte público no funcionaba. Frossard fue uno de los ciento cincuenta mil parisinos resultaron damnificados. No habrían pasado ni tres meses desde que consiguiera a buen precio un bajo en el bulevar de Sebastopol, cerca de la plaza de Châtelet, y trasladara allí, a mejor alcance de sus potenciales compradores, los cuadros de mayor valor y algunas pertenencias, que sufrieron serios daños a causa del agua estropeando la mayoría de las obras. En barca pudo llegar a las inmediaciones de Montmartre ─convertido en una isla─ en busca de Samuel. Con su amigo, y con la ayuda de buenos vinos y licores, superaría mejor el mal trago, aunque de todos modos no era Frossard alguien que se arredrara así como así. Había sufrido una gran pérdida, miles de francos se esfumaban en lo que, sin duda, era el mayor despilfarro de su existencia, excesivo e innecesario.

―¿Y qué harás con todos esos cuadros?

―Los guardaré, querido amigo, así como están, nada de restaurarlos, me costaría más de lo que valen. Quién sabe, igual algún día, cuando se haya olvidado el desastre, valgan un dineral. Ya lo verás, algunos puede que hasta hayan mejorado, igual les venía bien un buen baño.

XXII.I. Calle Seine

Calle Seine. / Albert Chevojon y Roger Viollet. / BHVP

Frossard no perdía el sentido del humor ni siquiera en los momentos difíciles. La inundación no era el único de sus males. Acababa de salir de una grave enfermedad, una tuberculosis ósea, y los médicos le habían advertido de que debía cuidarse, nada de excesos, sobre todo en la comida y la bebida. Malditos matasanos, qué mierda sabrán ellos de la vida si siempre están pendientes de la enfermedad y de la muerte, decía. Samuel compartía su opinión, o al menos no le contradecía, tiempo hacía que los dolores de espalda eran cada vez más molestos y que la tos, la puñetera tos, no le dejaba en paz, pero se resistía a que le viera un médico. Por supuesto, nunca le dijo a su amigo qué debía hacer y qué no. Frossard continuaba bebiendo y fumando como si nada, la vida seguía siendo una fiesta para él, no podía concebirla de otro modo.

Entretanto reparaba el local Frossard residió en el domicilio de Samuel, su vieja casa de Montmartre estaba hecha un desastre. Menos en serio que la vida se tomaba aún Frossard el arte a pesar de vivir de él, o tal vez por eso. Hablaba pestes de los pintores, embarcados ─afirmaba─ en una huida hacia adelante desde que la fotografía redujo sensiblemente su papel de cronistas de la historia que nadie sabía a dónde les llevaría.

―Cuanto más enmarañado sea el tema mejor, cuanto más se recree uno en tratar de descifrar qué quería decir el pintor en esa mezcolanza de colores más culto es. ¿Adivinas qué es lo que más me cabrea? Que solo dos días antes del malvado diluvio me costó un dineral la cena y, sobre todo, el ansia lujuriosa de un par de críticos a los que invité. Ya sabes, o hablan bien de ti o te vas al carajo.

La salud de Frossard fue a peor. Aguantó a base de morfina casi un año más, pero el narcótico cada vez le hacía menos efecto y un buen día murió. Sin familia, sin esposa ni compañera, su amigo Samuel procuró que sus últimos días fueran lo más llevaderos posible, es decir, que permaneciera lo suficientemente drogado para no sentir ni sentirse. Aun siendo consciente que se aproximaba el final, mantuvo en todo momento su peculiar sentido del humor. Sus últimas palabras fueron para pedirle a Samuel que le buscara compañía femenina, ya que no me puedo mover de la cama.

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Imagen superior: París, inundación 1910. Calle de Lyon. Roger Viollet. / BHVP

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