Capítulo I.5

I.5

“Almacén de lino en Laren” (1887), óleo de Max Liebermann que muestra el trabajo de las canilleras.

Vicent, María y sus cuatro hijos partieron hacia Alcoi nada más esta se recuperó del parto. Fue así que Samuel estuvo por primera vez en una fábrica recién cumplidos los dos meses de edad. Era a mediados de octubre de 1849 y su hermana, Marieta, lo llevaba en brazos todos los días para que su madre pudiese darle de mamar en el mismo lugar de trabajo. María marchaba de casa antes de las seis de la mañana y no regresaba hasta pasadas las siete de la tarde. Sus senos no podían contener tanta leche, muchas veces se le empapaba la ropa y se quejaba de dolor. No era, ni mucho menos, la única que se hallaba en esta situación. Algunas mujeres que no tenían con quien dejar la criatura o quien pudiese acercarla al trabajo la llevaban consigo a la fábrica o al taller. La madre le daba el pecho en las horas de las comidas y, junto a la máquina o artefacto a que estuviese adscrita, dejaba el bebé en un cajón de madera. Otras llegaban a trabajar con él en brazos y hasta le daban de mamar mientras hacían alguna tarea.

Trabajaba María de canillera en una fábrica textil. Consistía su tarea en devanar el hilo con la máquina del mismo nombre en una canilla para su posterior uso en los telares. No era complicado, pero sí cansado. Doce horas de pie, soportando el calor y la humedad. El hilo no debía romperse y puertas y ventanas estaban siempre cerradas. El aire era caliente, lleno de vapor cargado de polvo y pelusa.

Al igual que María, Vicent y Sento ─el único hijo que tenía el matrimonio en edad laboral─ encontraron ocupación a los pocos días de su llegada a Alcoi, a finales de septiembre. A Marieta no le faltaba ya mucho para poder trabajar; mientras atendía a Roque y Samuel. Sento, que acababa de cumplir los ocho años, trabajaba en la misma fábrica que su madre. María, se alegraba de poder tener cerca a su hijo mayor y de que su horario laboral coincidiese con el de ella. Así evitaba por lo menos que Sento se dedicase, como tantos otros niños, a vagabundear por ahí, abandonado a sus propios instintos.

Vicent, tal como quedó con Pellerot cuando fue a pedir trabajo con su hermano Salvador, comenzó enseguida de ponedor en las tinas de la fábrica de papel de don Ricardo Blanes, que empleaba unas cuarenta personas entre adultos y niños. No era un trabajo agradable, ninguno lo era, pero no le costó demasiado hacerse con los intríngulis de su nueva ocupación. Eso sí, acababa muy cansado, trabajaba sin parar y aprisa para sacar de la tina el número de resmas estipulado en el menor tiempo posible, pero al menos ahora, se decía, contaba con un sueldo: cuarenta reales a la semana, que sumados a los veinte que ganaba María y los doce de Sento les permitía pagar el alquiler y comer todos los días.

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Los primeros días que María fue al mercado se quedó pasmada al averiguar el precio de los artículos. El pan rondaba los 40 céntimos el kilogramo, precio que no alcanzaba en ningún mercado de España, decían quienes sabían, y los huevos eran tan extraordinariamente caros que resultaban inalcanzables para quien solo contase para su sustento con los exiguos jornales de las fábricas. ¡Cómo añoró María en ese instante los huevos que cambiaba a su vecina por sus hermosos tomates! Apenas pudo comprar unas patatas, un poco de bacalao seco, garbanzos y arroz, a los que unos huesos darían algo de sabor. Eran, no obstante, malos tiempos, todo el mundo lo decía. Ya mejorarían las cosas.

El ánimo de María lo ocupaba casi por completo la resignación, no había lugar para la desesperación, ni siquiera en los momentos difíciles, nunca había esperado nada. Era cuestión de afrontar las situaciones tal como venían, y ahora venía una situación complicada. Hacía tiempo que no llovía y las fábricas no podían accionar sus ruedas hidráulicas, los cauces de los ríos estaban secos. Lógicamente, si las fábricas no podían funcionar no había trabajo.

A principios de febrero la fábrica de Blanes suspendió sus actividades. Vicent quedó sin trabajo, es decir, sin sueldo. María y Sento mantenían el suyo, mas desconocían por cuánto tiempo. Todas las noches María se acostaba con la zozobra de no saber si al día siguiente, cuando con su hijo mayor llegase a la fábrica, les dirían que no volvieran hasta que la coyuntura fuera más propicia.

A las dos semanas todo seguía igual. Comenzaron entonces las rogativas en demanda de lluvia, celebrándose procesión con las imágenes de Nuestra Señora de Gracia y del Niño Jesús del Milagro. Nada. Ni una nube.

Unos días después, María y Vicent recorrían en procesión general las principales calles de la ciudad. María, Vicent y otros obreros del Raval y de Algessares ─el otro gran núcleo en que se hacinaban los trabajadores─, damas de lo más florido de la sociedad local, autoridades, además del clero, por supuesto, todos juntos acompañaron las imágenes a las que ahora se habían añadido las de san Jorge, san Agustín y san Francisco. Todos querían lo mismo: lluvia. Para aflojar la tensión, apagar los ánimos, lavar las mentes de pensamientos derrotistas, llenar los cauces de los ríos y los ánimos, ablandar la tierra y el sufrimiento. Para que todo volviera a ser como era y predominasen de nuevo los colores habituales de la ciudad: el marrón del barro y del polvo de las calles sin pavimentar, y el negro de los humos de unas industrias que evolucionaban a los dictados de algo tan imprevisible en aquellos momentos como la lluvia: el mercado.

Naturalmente, María y Vicent nada sabían de las fluctuaciones del mercado, de negocios y especulaciones. Para ellos los grandes cambios que en la vida se sucedían no obedecían a la voluntad o capricho de las personas, la naturaleza seguía su curso y eran fuerzas que nada tenían que ver con los humanos las que guiaban el acontecer. Voluntad de Dios, pues, que de ese modo castigaba o premiaba las mundanas conductas. En consecuencia, había que rezar, con fe, con convencimiento, arrepintiéndose incluso de faltas y culpas en las que ninguna responsabilidad podían tener. Pero no se producía, no se podía, no había agua que moviera las ruedas hidráulicas y permitiese funcionar a las máquinas. Llegó el momento en que a María y Vicent no les alcanzaba el dinero para pagar el alquiler del habitáculo en que moraban, en la estrecha calle de San Agustín.

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Aquel invierno el frío competía en severidad con las condiciones de trabajo, uno y otras parecían haberse puesto de acuerdo en poner a prueba la resistencia de los habitantes de los barrios más desfavorecidos. No es que los anteriores inviernos hubiesen dejado de ser duros, pero las bajas temperaturas no se sintieron con el rigor del de ese año. El entumecimiento que muchos sufrían en las articulaciones, los dolores neurálgicos, los sabañones en manos, pies y orejas, las infecciones respiratorias y el reuma que formaban parte de su día a día, se incrementaron. No notaban gran diferencia entre el “hogar” y la fábrica. A veces era preferible esta última, el calor que despedían las máquinas y los procesos de elaboración industrial las convertía, hasta que el cuerpo comenzaba a pesar tanto que ya nada sentía, en momentáneo abrigo, hasta que ennegrecidos por dentro y por fuera, insensibilizados, deformes o lisiados, inútiles ya para el trabajo ─que en su caso era lo mismo que decir para la vida─, quedaban arrumbados a la espera de la muerte. Algunos, como Vicent, buscaban en el alcohol consuelo y amparo. Su carácter se agriaba al mismo ritmo que las máquinas producían, cada vez más aprisa. Frío era el carácter de sus habitantes; frías eran las casas, simples alojamientos en los que la presencia espectral de una constante pesadumbre, en la que ni siquiera solían reconocerse, ahogaba cualquier resquicio de vitalidad. Turnos, relevos, horas y más horas, hoy aquí, mañana allá, ahora esto, ahora también lo otro, hoy hay trabajo, mañana no, pasado quién sabe… Un constante malestar, un permanente enojo que no sabían muy bien a qué se debía, caras cuya inexpresividad no disimulaba la tristeza, un cada vez mayor malhumor, acababan formando parte indisoluble de su carácter. Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar, buscaban fuera un asomo de vida al que agarrarse, en la calle los niños, en la taberna los hombres, en el lavadero público las mujeres, en el paseo los jóvenes.

Entre lo que ganaban María y Sento era imposible comer y pagar el alquiler. Y aún podían sentirse afortunados, muchas familias no contaban con ingreso alguno. María se vio obligada a empeñar los pocos bienes que poseía, como tantas otras. Los desalmados usureros, que carroñeramente especulaban con la miseria ajena y cobraban unos intereses como poco del sesenta por cien, tenían sus estanterías llenas de mantas, cobertores, almohadas, pañuelos, ropa de toda clase, cucharas, cuchillos, y hasta calzoncillos, enaguas y pañales.

Vicent y María se cambiaron de casa, a otra más vieja y, en consecuencia, de menor alquiler. Dos días después el cielo comenzó a encapotarse. María lo había advertido la noche anterior. La llama del candil dejó de ser firme, su inconsistencia manifestaba la proximidad de una borrasca, pues sabido era que si la llama no se movía como debiera en noche oscura y languidecía anunciaba lluvia. Así lo había aprendido ella de su madre. Al alba empezó a llover, copiosamente. Pocas veces un cielo entristecido complació a tantos. Unas horas más tarde el caudal de los ríos volvía a ser el acostumbrado. Solamente se hablaba de la inmediata reapertura de las fábricas. María fue a la iglesia, a dar gracias a la Virgen.

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