Capítulo XXII.2. Primera parte

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El atardecer del 14 de julio, fiesta nacional de Francia, Samuel escuchaba en su gramófono un disco que le había mandado Camila con su versión de “Ah! Sweet Mystery of Life”, hermosa canción de Naughty Marietta que en su voz sonaba aún más bella. Dulce misterio de la vida, al fin te he encontrado. Por fin conozco el secreto de todo… El secreto era el amor, decía la canción, y Camila parecía haber hecho suyas las palabras, pues en la carta que Samuel recibió unos meses antes le comunicaba su decisión de quedarse a vivir en Nueva York tras cancelar a tiempo su compromiso con la Opéra-Comique para representar Los cuentos de Hoffmann. Ofertas para actuar en Broadway no le faltaban y ella se encontraba cada día más a gusto representado papeles que se acercaban más a la opereta y se alejaban de la marcada rigidez de la ópera. Deseaba estar más tiempo con su marido y su hijo y confiaba, deseaba, que también con él, le decía. Ahora sí había llegado el momento de dejar Montmartre para siempre. Samuel ya tenía el pasaje para Nueva York, embarcaría en el puerto de Le Havre a primeros de septiembre. Así se lo manifestó a su hija en la carta que le envió, en la que también le anunciaba que en unas semanas recibiría unos cuantos lienzos de los que le dejó Frossard.

Escuchaba “Ah! Sweet Mystery of Life” una y otra vez, hasta que, ya de noche, la bulla se adueñó de la plaza Du Tertre, donde todos los años se conmemoraba el 14 de julio con un baile popular. Sobre un entarimado, una orquesta de metales interpretaba, además de los sempiternos valses, otros bailes de moda, como cakewalks o tangos, que no hacía mucho que se conocían en París y causaban auténtico furor, sobre todo entre los jóvenes. Samuel, sentado en una mecedora, contemplaba la verbena desde el portal de su casa. La noche era calurosa, pero abriendo la puerta principal y la que daba al huerto corría el aire y se estaba francamente bien. Había encendido un habano y abierto una botella de champán, tenía las luces de la casa apagadas, desde su posición atisbaba el general jolgorio.

La orquesta paró de pronto y subió al escenario un acordeonista que se puso a tocar el “Valse des rayons”, del ballet de Offenbach Le Papillon. La gente formó un corro y una pareja ─él ataviado con el típico atuendo que identificaba a los hampones parisinos, ella con una blusa roja y una falda de campana negra a la altura de las canillas─ iniciaron un lascivo baile que Samuel advirtió por la brusquedad de los movimientos que se trataba de un baile apache, la última originalidad de París. Había oído hablar de él, un par de años antes empezó a popularizarlo la famosa artista del music-hall Mistinguett en un espectáculo del Moulin Rouge, sabía que era enérgico y agresivo, pues se inspiraba en las peleas de las prostitutas con sus chulos, pero aun así le sorprendió la violencia de la coreografía. El hombre, de unos treinta años, un tipo fornido, todo músculo, hacía gestos a la mujer, que parecía algo más joven, si bien era difícil precisar su edad por su abultado maquillaje, de que se acercara. Ella le ignoraba, con la mano indicaba que la dejara en paz. Rudamente, de un manotazo, el tipo la cogió del brazo y la lanzó al suelo. A continuación la levantó de los cabellos, aproximó la cara de la chica a la suya y dieron unos pasos de tango mientras él sacaba un cuchillo con el que acariciaba el rostro de su pareja, a la que zarandeaba y volteaba en todas direcciones y volvía a arrojar a los pies de los espectadores, que jaleaban con júbilo sus maniobras. Más volteretas, otro empujón, ella trataba de defenderse, otro bofetón ─puede que simulado, pero el golpe de la mano en la mejilla se oyó incluso desde la posición de Samuel─ y de nuevo al suelo. Al final, como si un fardo se tratara, la levantó, desfallecida la puso sobre sus hombros, boca abajo, de modo que la falda caía sobre la cabeza de la joven, y abandonó el círculo. Fin de la actuación. Gritos de bravo y fuertes aplausos.

La orquesta prosiguió con los bailables, Samuel se sirvió otra copa de champán. Con el jaleo de la calle pocas cosas más podía hacer. Desde luego, dormir no. Tiempo atrás, y no era necesario remontarse mucho, hubiera estado en la plaza o por ahí, de juerga. Sonaban algunos de los éxitos del momento, que todo el mundo conocía: La Matchiche, Reviens o Fascination, el bello vals que había escuchado más de una vez en la dulce voz de Camila. Recostado en la mecedora, con la mirada perdida en el cielo estrellado, encendió un segundo habano, tomó la copa y la alzó mientras se decía A tu salud, por Frossard.

Ajeno a cualquier vicisitud, el baile de la plaza Du Tertre continuaba ruidoso y alegre. La concurrencia tenía gana de más, pocos abandonaban el lugar. Un espontáneo subió al entarimado con una guitarra, el público coreaba con él un tema de Bruant, C’est nous les canuts, nous sommes tout nus. Algunas muchachas, rezagadas, regresaban apresuradas de pasear con noveles pintores o estudiantes, era la hora del inevitable “Vámonos ya” con que sus madres, vigilantes, un poco menos si el supuesto pretendiente mostraba ser alguien con la vida bien resuelta, solían terminar las veladas. Cuando el improvisado cantante quiso deleitar a los asistentes con un tema suyo la plaza comenzó a vaciarse.

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“La Grisette” (s.f.), acuarela de Constantin Guys (1802-1892).

Hace dos días que no me he acostado, comentaba un joven a otro que le acompañaba. En un rato solo los desperdicios del suelo quedarían. Y Samuel, y una mujer sentada en un banco. La vio cuando ya iba a acostarse. Estaba sola, parecía esperar a alguien, a su lado un hatillo dejaba suponer que para marchar a algún sitio. A medida que se acercaba pudo comprobar que parecía algo más joven que su hija. Su indumentaria ─un sencillo vestido de algodón azul, jaspeado─ corroboraba la condición humilde que Samuel creyó advertir al observar el rudimentario embalaje que la acompañaba. Los farolillos que engalanaban la plaza estaban apagados, la luz de una farola caía sobre su morena cabellera, recogida en un moño al estilo de Claudette, muy popular en aquellas fechas.

Ya cerca, la joven se volvió. Samuel pudo entonces observar su rostro, los grandes ojos negros le recordaron los de Marion, la misma mirada contagiosa, triste y límpida, que incitaba a la melancolía tanto como a la esperanza. A punto estuvo de dar media vuelta, sobresaltado. No lo hizo, el susto que se llevó aquella mujer al toparse de pronto con un desconocido que la miraba fijamente le forzó a identificarse y manifestar las intenciones de su entremetimiento. Así, le explicó que vivía justo en frente y que, finalizada la verbena, se disponía a acostarse cuando se dio cuenta de su presencia. No era, a esas horas, el mejor lugar para una mujer joven, sola, aparentemente desamparada ─es lo que daba a entender el hatillo─, indefensa, más en un banco alumbrado por una farola. Parecía llamar a gritos a algún desaprensivo, y seguro que más de uno pasaría por allí en lo que quedaba de noche. La joven, no obstante, rechazó su ayuda. Abatida como estaba, la súbita aparición de Samuel la incomodó.

―No necesito nada, no quiero nada ─dijo secamente.

―En absoluto pretendía importunarla ─respondió Samuel, que acto seguido dio media vuelta y se dirigió para su casa.

Unos metros antes se detuvo. Se volvió. La mujer le seguía con la mirada, probablemente su reacción había sido fruto de la inquietud. Al cruzarse ambas miradas, ella agachó la cabeza y ya no se giró. Samuel se acercó a ella de nuevo.

―Es posible que me haya tomado por un crápula que ha avistado una presa fácil. No voy a tratar de convencerla de lo contrario, el pensamiento es libre y no le he dado razón alguna para que se fíe de mí, aunque tampoco para que desconfíe. Haga usted lo que quiera, pero yo, en su lugar, no me quedaría aquí. A riesgo de parecerle indiscreto, he de decirle que ese hatillo que lleva consigo puede inducir a algún rufián a la conclusión que nada ni a nadie tiene y darle ánimos para cometer cualquier villanía.

La joven permanecía en silencio, con la mirada perdida.

―Perdone que me haya entrometido en sus asuntos ─otra vez dio media vuelta.

―Espere ─escuchó enseguida.

La desconocida parecía rectificar el desdén con que lo trataba. ¿Estaba desesperada, su aspecto le había infundado confianza, una mezcla de ambas cosas?

Michelle, así se llamaba, era operaria de un taller de confección. Ella misma había cosido el vestido que llevaba, sencillo pero digno, hasta pudoroso. Era, pues, una grisette, una mujer joven que trabajaba en la confección. Las grisettes, que debían su apelativo al austero gris de su uniforme, pasaban por ser mujeres de relajadas costumbres que se prodigaban en los bailes y cabarets ─algunas, las más desesperadas, hacían la calle─ a la “caza” de una buena dote. Por supuesto, no todas las obreras del sector, eran unas busconas ni vendían su cuerpo, pero era la fama que tenían. Fue lo primero que Michelle quiso dejar claro: ella no era una puta, dijo con manifiesta aspereza.

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Imagen superior: “Bal du 14 juillet” (1885), óleo de Théophile Steilen.

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