Capítulo I.4

I.4

Al día siguiente, bien temprano, Vicent cogió el camino de Cocentaina. Poco después de las ocho de la mañana estaba en Alcoi, ciudad que no eran pocos los que consideraban en aquellos momentos de mediados del siglo XIX la primera ciudad manufacturera de España. No había muchas que llegaran a la cifra de veinticinco mil habitantes y Alcoi, con veintiséis mil, sobrepasaba a Alicante, la capital de la provincia. En cincuenta años prácticamente había triplicado su población con el auge de la industria mecánica. Más del cincuenta por cien de la mano de obra, entre hombres, mujeres y niños, trabajaban en las industrias textil y papelera.

Vicent fue en busca de su hermano Salvador, del que hacía más de un año que no tenía noticias y que llevaba ya cuatro viviendo en la calle Barbacana de la industriosa ciudad, en el Raval, la zona más antigua de la ciudad, de origen medieval.

Salvador no estaba ─se hallaba trabajando, le dijeron─, tampoco su mujer ni ninguno de sus tres hijos. Se dirigió a la fábrica de papel de don Ricardo Blanes, a poco más de media hora por el camino de Banyeres. Acababan de dar las nueve y los del turno que había empezado a las diez de la noche abandonaban el molino, despacio, como autómatas, cual si de robots se tratase, moviéndose lentamente. Eran más de veinte entre hombres, mujeres y niños, y apenas se les oía. Nada se decían entre ellos, nada tenían que decirse. Lo único relevante que les podía suceder era perder el trabajo, o la vida. Todos presentaban el mismo aspecto: mal vestidos, sucios, los rostros demacrados y pálidos. Se fijó Vicente en los niños. No debían tener mucho más tiempo que Sento, su hijo mayor, unos siete años. También los había de diez, once, doce años, aunque era difícil precisar sus edades, todos iguales, delgados, macilentos. Las mujeres parecían tener un mejor aspecto, pero de ninguna podía decirse que fuese bella o simplemente atractiva.

―¿Cómo va, Salvador?

―Bien.

Parecía que se hubiesen visto el día antes. Ni un abrazo, ni un sencillo apretón de manos, siquiera llegaron a tocarse. Caminando hacia el interior de la ciudad, Vicent expuso el motivo de su visita. Salvador le comentó que no era la mejor época para encontrar trabajo, pero que no le iba a costar demasiado. En las fábricas textiles las máquinas ciertamente habían reducido el número de operarios, pero la industria papelera, pese a no atravesar el mejor momento, ofrecía mejores perspectivas gracias, entre otras cosas, a la elaboración de librillos de papel de fumar.

―¿Dónde vamos? ─preguntó Vicent cuando vio que su hermano se encaminaba en dirección opuesta al Raval.

―Vamos a ver si Pellerot está en casa.

―¿Pellerot?

―Sí, el encargado. Se llama Juan, pero todos le dicen Pellerot. Es bajito, algo canijo, pero todo lo que le falta en estatura lo tiene de mala leche. Bueno, los encargados han de ser así.

―¿Cómo?

―Con mala leche.

Pellerot estaba en casa, y de buenas. Al ver a Salvador, al que no esperaba, temió que algún grave percance hubiese tenido lugar en la fábrica. Cuando comprobó que la presencia de Salvador y del hombre que le acompañaba se debía a cuestión tan simple como pedir un puesto de trabajo respiró aliviado.

―Así que quieres trabajo ─dijo mirando a Vicent de arriba abajo─. Pareces fuerte. En pocos días el amo va instalar un par más de tinas. Ven a finales de septiembre. Harán falta ponedores.

Vicent se avino enseguida a la propuesta, no se interesó por cuántas horas debía hacer al día ni por el sueldo. No dependía de él, las condiciones eran las que eran para todos. O las aceptabas o no había trabajo.

―¿Tú sabes lo que hay que hacer en una tina? ¿Qué hace un ponedor? ─preguntó a su hermano.

―No te preocupes. Es un trabajo duro pero fácil, solo tienes que volcar el papel que sale de la tina sobre un fieltro, poner después otro pliego encima y todo a la prensa. Sabrás hacerlo. Anda, vamos a la taberna de Perico, no hay nada como un par de cazallas antes de irse dormir.

La taberna de Perico, una de las cuatro que había en la calle donde moraban Salvador y su familia, ocupaba el reducido espacio que había quedado del portal de una antigua casa preindustrial que se había dividido en dos para aumentar el número de habitaciones. Únicamente había un mostrador de madera, tres mesas y unos taburetes, y solo se vendía vino y aguardiente, almacenados en dos grandes toneles de los que Perico servía una u otra cosa. Algunos llevaban un poco de salazón, algún tomate o cacahuetes y altramuces.

Lluïsot ─papelero─, Pinta ─siempre llevaba el peine de cardar propio de su oficio colgado del cinturón, trabajaba en una hilatura─ y un tal Cardona ─tejedor─, les invitaron a sentarse con ellos. Eran vecinos de Salvador.

―Pues nada, bienvenido al infierno ─dijo Pinta al conocer que Pellerot le había prometido trabajo a Vicent y que este pensaba trasladarse a vivir a Alcoi con su familia.

―No le hagas caso ─dijo Lluïsot a Vicent─, siempre se queja, de todo, es un renegón que nunca está conforme con nada. No es para tanto.

―¿Qué no? ─replicó Pinta─. Yo trabajo de doce a catorce horas diarias, ¡y que el amo no tenga un pedido urgente, que entonces las que hagan falta!, o sea, las que él diga. Y, si no, a la calle.

―No seas exagerado.

―¿Exagerado? Yo solo sé que mi mujer también trabaja, y mis tres chicos, y que ya casi ni me acuerdo del sabor de la carne.

―¿Carne? ¿Qué es eso? ─dijo Salvador y todos se echaron a reír.

―Cuando vivía en Benifallim…

Pinta había nacido en dicho municipio, a unos diez kilómetros de Alcoi, a donde se trasladó con su familia en busca de trabajo hacía ya casi diez años.

―Ya estás otra vez con Benifallim. ¿Por qué no te quedaste allí?

―Por lo mismo que ahora este hombre ─refiriéndose a Vicent─ se quiere venir. Porque no había manera de ganar honradamente un jornal.

―Es que así son las cosas. Ahora no es como antes, del campo ya no se vive. Pero hay que trabajar. ¿Cómo, si no, vamos a comer?

―Para lo que comemos… ─intervino Cardona, que hasta entonces no había abierto la boca más que para dejar pasar por ella los sorbos que daba del vaso de aguardiente.

―Mira, otro que se queja ─objetó Lluïsot─. Dejaos de monsergas. Pero si tú vives del telar, es tuyo, no te debes a la presura de los encargados ni a la rigidez de los horarios.

―¿Crees que estoy mejor que tú? Cómo se nota que nunca has tenido un telar. Yo he de hacer frente a una serie de gastos para el mantenimiento del mismo, he de pagar a mi ayudante, al canillero, al de la púa…, y cuando me doy cuenta estoy empeñado con todo el mundo. Entonces llega el amo de la casa y me dice: paga o te embargo el telar, es decir, el pan, y te dejo en la calle y en la miseria. ¡Puta vida! ─dio otro sorbo al vaso de aguardiente y ya no habló más.

―Vais a hacer que mi hermano se arrepienta antes de empezar.

―Pues mejor para él. Si se viene que sepa a qué atenerse ─añadió Pinta─. Que sepa que trabajará doce, catorce y hasta dieciséis horas cada día, que también lo harán su mujer y sus hijos, si los tiene, que si un día falta aunque se encuentre al borde de la muerte no lo cobrará, ¡y que no le despidan!, que las fábricas son sucias y nadie mira por el otro, que cuando las fabricantes paran por los pedidos o por la sequía no trabajas… ¿Dónde vives tú ahora? ─preguntó a Vicent.

―En Muro.

―¿Dónde tienes tu casa?

―En la misma huerta que cultivo. Es pequeña, la huerta, y la casa.

―Créeme que la echarás de menos. Yo, en Benifallim, también vivía en el campo. Durante el invierno hacía frío, pero nos acurrucábamos delante de la lumbre, calculábamos bien la leña que teníamos y la reservábamos para los peores días. Pero aquí, en esas cochambrosas habitaciones ni eso. Mira, asómate, ¿qué ves? Casas que han crecido para arriba y que un día se caerán. ¿Ves ventanas en ese edificio? Pocas, ¿verdad? Ahora entra y te acojonará el número de puertas que hay en el interior, tres por rellano, y cuatro en el último piso. ¿Y crees que cada una de esas puertas tiene una llave que corresponde a una familia? Pues te equivocas. No sabes las piezas, en este y en la mayoría de edificios que ves, que son compartidas por más de una familia. Y todo roto, cristales, marcos de puertas y ventanas desencajados, algunas estancias que ni siquiera tienen puerta. ¿Sabes que muebles tengo? Una mesa, dos sillas, tres taburetes, varios cajones que he cogido de la fábrica como asientos y cuatro jergones de paja. Y llevo aquí casi diez años. Pero algunos sí que viven bien. ¿Has visto las casonas que se han hecho en la calle de San Nicolás?

―Deberías callarte, el aguardiente te hace decir estupideces.

Lluïsot no discrepaba tanto como pudiera parecer de las opiniones de Pinta, sabía que sus palabras reflejaban la dura realidad, pero no había otra, por eso se llama realidad a lo que sucede, las cosas son como son y lamentarse continuamente no sirve de nada.

―¿Estupideces?

―Si trabajaras en el papel ¿qué dirías? Eso sí es duro, ambientes viciados, espacios en los que parece que no cabes pues todo lo ocupan las pilas y las tinas.

―A mí trabajar no me asusta, siempre lo he hecho ─dijo un desorientado Vicent, para quien el miedo de verse desalojado de las tierras que cultivaba, sin casa ni ocupación alguna, obturaba cualquier otra consideración.

―Ya verás cómo no es para tanto ─terció Salvador─. Bebamos.

Cuando salieron de la taberna era mitad mañana. Salvador marchó a su casa, a comer lo que hubiese cocinado su mujer, a quien, como a sus hijos, pasaba días sin ver, tenían distintos turnos. Quedó con Vicent en que miraría algún aposento que quedase libre y se despidieron. Vicent enfiló el camino a su pueblo. En el interior de la ciudad se repetían los golpes de los más de trescientos cincuenta telares que los tejedores ubicaban en los pisos altos y que apenas detenían unas horas al día; grandes cantidades de lana teñida de diversos colores se veía desplegada por calles y plazas. Un constante cruce de caballerías cargadas de paños, un continuo ajetreo y movimiento reinaba por todas partes.

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