Capítulo I.3

I.3 (2)

Disquisiciones de este tipo carecían de significación alguna para Vicent y María, que en Muro, su pueblo, a doce kilómetros de Alcoi, cultivaban una huerta de poco más de una fanegada sin otra pretensión que poder subsistir, que tener cada día algo comestible que llevarse a la boca. Era una huerta pequeña a la que se accedía por una senda que se abría junto al camino de Cocentaina, en la partida de La Gàbia, un apelativo que evidenciaba otras maneras de otros tiempos. La Gàbia se llamaba así porque, según se contaba, el señor del lugar castigaba a los que cometían algún delito grave a morir en la horca y ser a continuación descuartizados, exponiéndose sus miembros en una jaula que había sobre una picota para que sirviese de escarmiento público. Pero Vicent nunca se había metido en líos, ni él ni nadie de su familia, y cumplía siempre sus obligaciones con el señor de aquel terruño. Todo era por mitad: los impuestos y el reparto de los frutos, pero desde unos tres o cuatro años atrás a Vicent le resultaba cada vez más arduo cumplir con la parte monetaria. El año anterior no consiguió satisfacer al amo la totalidad de su mitad correspondiente. Este, para quien el pequeño trozo de tierra de Vicent representaba una muy ínfima parte de sus propiedades, prácticamente irrisoria, le concedió la posibilidad de aplazar la deuda hasta el siguiente año. Mas cuando el momento llegó, su situación no había mejorado. Vicent aprovechaba al máximo el poco terreno de que disponía, pero cada día era más difícil salir adelante. Como antes sus padres y sus abuelos, y posiblemente los padres de sus abuelos y otras generaciones anteriores, había trabajado siempre el mismo terruño, servido a su señor, al amo de las tierras, y pagado, en especie o con dinero, por ello. Nunca habían sido suyas, las tierras, y nunca lo serían. Ni por asomo pensó vez alguna en tal posibilidad. Ahora, las nuevas leyes establecían su estatus como arrendatario, pero a sus ojos todo seguía igual, o peor. Eran pobres, siempre habían sido pobres y lo seguirían siendo el resto de su existencia.

―No sé qué hacer ─comentaba Vicent a su padre, que vivía con él, su esposa y sus tres hijos─, este año tampoco podré pagar al señor. Vamos a tener que irnos a Alcoi.

―¿A Alcoi? ¿A trabajar en las máquinas como tu hermano Salvador? Estás loco.

―¿Y, si no, qué hago? Salvador y otros muchos hace tiempo que lo hicieron, y de este pueblo, gracias al cáñamo todavía han sido pocos. Hasta ahora. El cáñamo ya no da para más y he oído que hay también máquinas para agramarlo. No hay otra solución.

―Primero las calderas de Pedro Botero que ese sucio pueblo de Alcoi. Tú has estado allí ¿no?, ¿y qué has visto? Cuartuchos llenos de roña, apestosos, por vivienda. ¿No te acuerdas de la habitación de la casa en que vivía tu hermano? Un ventanuco por el que apenas entraba el sol. ¡Pero si apenas cabían! ¿No viste cómo estaban los niños? Blancos como los muertos. Y la escalera aquella, con más mierda que el palo de un gallinero, y el escusado de la entrada en el que todos hacían sus necesidades, ¡cómo olía! Que no. Yo no voy. Quiero seguir cagando en el campo, al aire libre.

―Tampoco tenemos gran cosa aquí. Al menos en Alcoi podremos encontrar trabajo.

La pequeña casa de adobe en que Vicent y su familia vivían en la huerta de La Gàbia no tendría más de cuarenta metros cuadrados, divididos en dos estancias, sin otra separación entre ellas que un viejo paño de cáñamo; ni siquiera era suya, sino del amo de las tierras. Una mesa de madera de pino, abombada y agrietada por el paso del tiempo, tres sillas y cuatro taburetes, además de unos pocos enseres de cocina y cuatro jergones hechos con la paja del maíz, era todo su mobiliario.

―Prefiero no comer a estar, como tu hermano y sus hijos, doce o catorce horas, qué sé yo, en aquellos oscuros locales llenos de polvo. Ni muerto marcharé con vosotros.

**

María, la mujer de Vicent, vendía todos los viernes en el mercado los productos que cultivaban. A principios de julio los tomates recién cogidos de su pequeña huerta llamaban la atención. Rojos, preciosos, relucientes, con alguna pincelada verde, dulces y sabrosos.

La cosecha de 1849 estaba siendo excelente, aunque nada hacía prever que así fuese a ocurrir al iniciarse el año. La tercera semana de enero fue extremadamente fría. Una tremenda helada, seguida de una copiosa nevada, a punto estuvo de arruinar los cultivos en su totalidad, generando gran inquietud entre los campesinos y los propietarios de tierras. Vicent no pudo salvar las espinacas y las habas por unos días.

Sin embargo, la nieve no llegó a convertirse en hielo. Una semana después, un espléndido sol comenzó a lucir con una fuerza impropia de las primeras semanas del año. Continuó la bonanza durante los meses siguientes y, así, Vicent pudo recoger sus patatas, cebollas, pimientos, pepinos, berenjenas y otros frutos que cultivaba en su huerta. De todos ellos, sin duda, los tomates sobresalían por su presencia, por su hermosura. ¡Qué preciosidad de tomates!, ¡qué maravilla!, decían las mujeres en el mercado, pero eran pocos los que María conseguía vender. Y no porque su precio fuese más elevado que los otros tomates que allí se exhibían. María los ponía al mismo precio a pesar de su innegable mayor calidad, pero las mujeres que solían acudir al mercado trataban de ajustar al máximo el gasto, cuando tenían para gastar. Además, muchas de ellas eran también campesinas y cultivaban igualmente tomates y otros frutos en sus huertas. En el mercado compraban únicamente lo imprescindible: un poco de bacalao seco o cualquier otra salazón, arroz, tal vez carne, o mejor unos huesos, y poco más. Muchas veces, ni eso.

Vendió María casi cuatro kilos de tomates esa mañana. No estaba mal considerando que en otras ocasiones, cuando Vicent le preguntaba qué tal le había ido en el mercado, cuántos tomates había vendido, María le contestaba en unidades en vez de en kilos. Aun así, y dada la extraordinaria cosecha de ese año, tenían tomates de sobra. Cenarían tomates con bonito seco; con el resto harían conserva y dulce de tomate. Lo hacían siempre así, todos los años, con los sobrantes, no solo con los tomates, también con los pimientos, con las alcachofas, con todos aquellos frutos susceptibles de ser escaldados y, troceados, ser guardados en recipientes que luego hervían para su esterilizado. Siempre lo habían hecho de ese modo, como ya lo hicieran sus padres y sus abuelos. Toda su existencia, todos los días de todas las semanas de todos los meses del año, era una repetición de pautas de las que nadie recordaba su origen.

**

Habían tenido Vicent y María tres hijos que ahora, en 1849, contaban con siete, cuatro y dos años de edad. Respondían respectivamente a los nombres de Sento, el mayor, como su padre y su abuelo; María, como su madre, aunque todos la llamaban Marieta, y Roque, como el patrón de la villa. Un cuarto estaba en camino. El día que María regresó con los tomates aquella mañana de julio, nada más llegar a casa sintió unos fuertes dolores que le hicieron pensar en la inmediatez del parto, pero este aún tardaría unas semanas.

Vicent veía que era imposible reunir cantidad alguna de dinero antes de finalizar el año. De nuevo faltaría al pago. Cada vez estaba más convencido de que la única solución era marchar a Alcoi, como tantos otros de tantas otras poblaciones vecinas en su situación desde años atrás. De los que en su pueblo cardaban e hilaban lana para los fabricantes alcoyanos era el último que quedaba y desde hacía unos cuantos años él mismo debía procurarse la materia prima y, después de trabajarla, transportar el hilo a Alcoi. Para ello utilizaba la burra de su primo Pascual. Solía quedárselo siempre el mismo fabricante. Cuando no era así, cuando no le hacía falta más hilo, Vicent buscaba otros. Habitualmente acababa con algún que otro encargo, pero en los últimos años cada vez se hacía más difícil, teniendo muchas veces que recurrir a rebajar el precio hasta lo irrisorio.

**

El cálido viento de poniente empezó a soplar, seco e inflexible, el crepúsculo del 19 de agosto. La noche fue sofocante, de esas en que uno suda solo con moverse. Sobre las tres de la madrugada, María notó que el parto era cuestión de horas como mucho, sentía calambres y dolor de espalda, las contracciones aumentaban y cada vez eran más regulares. No había duda, no era la primera vez que paría y sabía a qué atenerse. Vicent fue a buscar a La Botina, mujer con experiencia en las tareas de comadrona. Antes, María le encargó que encendiese un cirio para pedir que todo saliese bien y quedó rezando. Cuando al cabo de una media hora llegaron Vicent y La Botina, María ya había roto aguas y las contracciones aumentado su frecuencia. Como en las anteriores ocasiones, el alumbramiento fue cuestión de instantes. Era un niño. Vicent se alegró al saberlo, los niños podían ganarse el sustento mejor que las niñas.

**

Todas las mañanas, a las ocho, don Eulogio, el cura párroco, celebraba misa. Vicent fue a buscarlo a la sacristía, debía contarle la buena nueva y bautizar a su hijo unas horas más tarde. Por entonces el bautismo solía tener lugar inmediatamente después del nacimiento. El mismo día en que nacía el niño era llevado a la iglesia por los padres, pues no era de extrañar que ocurriese alguna desgracia y, si así era, el niño quedaría para siempre deambulando en el limbo.

―¿Qué nombre has pensado ponerle? ─preguntó don Eulogio.

Vicent dudaba. Su hijo mayor ya se llamaba como él, el segundo como su abuelo y el patrón de la villa, la niña como su madre.

―Pascual, tal vez.

El párroco sacó un libro en el que constaban todos los santos día por día.

―¿Y por qué no Samuel?

―¿Samuel?

Vicent no había oído jamás el nombre de Samuel. Tan siquiera en los sermones de don Eulogio, cosa que este le recriminó pues, le dijo, denotaba falta de atención. Le explicó quién era Samuel, un profeta y sacerdote que Dios escogió para gobernar Israel y unir sus tribus. Un elegido de Dios. Eso gustó a Vicent. Su cuarto hijo se llamaría Samuel. A María le pareció bien y sobre las once la mañana acudieron de nuevo, esta vez con el recién nacido, para que don Eulogio oficiase el sacramento en cuestión. Les acompañaban la madre de María ─su padre había fallecido un año antes─, el padre de Vicent y La Botina. Durante la ceremonia, Samuel, a pesar de contar solamente con unas pocas horas de vida, no lloró en ningún momento, ni siquiera cuando recibió el agua. Será un niño valiente, dijo Vicent.

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