Capítulo I.2

I.2

Don Anselmo Vicens mantenía frecuentes tertulias en el Café Oriente con aquellos que, como él, se declaraban “de ideas avanzadas”. Abogado de profesión, nunca había ejercido como tal y vivía de las rentas que le proporcionaban las diversas propiedades que había heredado de su padre, no solo en Alcoi, también en Madrid, donde poseía varias fincas y algunos terrenos. Este, también natural de Alcoi, llegó a ser un prestigioso jurista en la capital de España y era, entre otras cosas, miembro de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. A punto estuvo, no obstante, de que le fueran confiscados todos sus bienes por afrancesado en 1813. No sucedió a causa de sus buenos contactos y regresó a Alcoi en una especie de exilio dorado, hasta que falleció menos de un año después. Su hijo, educado en las ideas de la Ilustración, trató de seguir sus pasos. Pero las cosas habían cambiado con el retorno al trono de Fernando VII y se estableció definitivamente en Alcoi. Hombre leído, culto, acérrimo enemigo de las doctrinas conservadoras y absolutistas ─a las que achacaba la “miseria moral y económica” que, a su juicio, atravesaba la nación─, gozaba de gran crédito entre los antiguos liberales exaltados, ahora progresistas. Se decía que era masón.

―Desde hace unos días parece ser que algunos trabajadores de las fábricas de paños tratan de alzarse y amotinarse. Dicen que la nueva máquina les causa gran perjuicio. Anteayer, sin ir más lejos, unos cuantos llegaron a ir a algunas fábricas y sacaron de ellas a los operarios impidiéndoles seguir en sus faenas para reunirse en motín.

Su mano derecha, Enrique Botella, también abogado, su administrador y hombre de confianza, se hacía eco del desosiego que reinaba entre los trabajadores. Corría el año 1849 y Félix Vidal, dueño de una de las hilaturas más importantes de la ciudad, hacía poco que había instalado en su fábrica tres cardas de mecha continua. Estaban mucho más perfeccionadas que la primera que había comprado cinco años antes, en 1844. Solamente llevaban en funcionamiento unos días y el malestar entre los obreros era evidente. Manejada cada una por un adulto y mantenida por cinco o seis niños, se calculaba que la carda de mecha continua podía realizar la función de por lo menos treinta hombres trabajando a mano.

Máquinas, máquinas…, símbolo de los nuevos tiempos, del progreso, sí, portentoso invento que permite ahorrar enormes cantidades de mano de obra. Máquinas…, invención diabólica que somete a los débiles a un férreo trabajo en inmundos locales en los que son más importantes los nuevos ingenios que los obreros de siempre. ¿Qué son? ¿Qué creéis que son?

Don Anselmo adoptaba un tono profesoral en las tertulias. El diálogo solía establecerse generalmente a partir de las premisas y preguntas que planteaba.

―Las dos cosas pueden ser. Depende del uso que se haga de ellas ─dijo Rigoberto Monllor, director del periódico El Diluvio, de tendencia progresista.

―Así es. En las actuales condiciones las máquinas, lejos de mejorar la suerte de quienes trabajan con ellas, solo causan estragos en sus vidas. Bienvenidas sean, pero no sin ningún tipo de consideración hacia los trabajadores. Es un gran problema que el Estado ha de afrontar. De lo contrario, la desesperación se apoderará de los más humildes. ¿Y que puede seguir a ello? La desolación del país entero.

Los presentes escuchaban a don Anselmo con atención casi reverencial. Su voz grave y firme se imponía sobre las demás.

―Ya, pero es innegable el progreso que suponen las nuevas máquinas. Los costes de producción cada vez son más elevados ─razonaba Nicolás Reig, dueño de un pequeño taller de librillos de papel de fumar.

―¿Y qué haremos con los que se quedan sin trabajo? Aquí no paran de venir de todos los pueblos buscando faena. Las máquinas han de estar al servicio del progreso, del verdadero progreso, que es el de la sociedad en general, no para que unos pocos aprovechados sin escrúpulos se conviertan en ricachones de un día para otro. Luego se quejan de que los obreros se amotinan. ¿Qué quieren que hagan? Las máquinas por sí solas no producen, nada son sin los obreros. A ellos han de pertenecer también sus frutos. Es que no escarmientan estos advenedizos. Hasta hace poco la mayoría no eran nada y ahora se creen los dueños del mundo. Solo les preocupa el beneficio, el suyo, nada más. Máquinas, máquinas… ¡venga máquinas! Para ellos es lo mismo que decir dinero, más dinero…

―¿Cree que puedan repetirse hechos como los de hace cinco años, o como otros más lejanos de los que he oído hablar, pues yo apenas era un crío cuando sucedieron? ─preguntó Monllor.

―¿Qué se unan los obreros para destruir las máquinas? Claro que puede volver a suceder. En cualquier momento. Y claro que las máquinas son un gran invento. Pero si solamente benefician a unos, lo que sobre el papel puede parecer un gran avance deja de ser algo bueno, algo útil, y se convierte en un instrumento de opresión. No ha de extrañarnos que no teniendo nada los que antes se ocupaban en el trabajo, acosados por el hambre y la necesidad, se precipiten en desórdenes de ese tipo. Se produce más que nunca y cada vez es más difícil encontrar trabajo, y cada día está peor pagado. Antes no faltaba.

―Antes, pero eso ya pasó. Son otros tiempos ─manifestó Armando Garrigós, propietario, dueño de un negocio de diligencias y destacado contribuyente afín a los progresistas.

―¿Y qué quiere decir con eso? ¿Que estos arribistas tienen la potestad de usar en exclusivo provecho algo que debería ser un bien común y, como tal, colectivamente aprovechable? Si para eso sirven las máquinas flaco favor hacen a la sociedad. Es como si la imprenta que inventó Gutenberg hubiera sido diseñada para imprimir libros que únicamente pudieran recoger las ideas de quienes están en el poder. No, amigos, no es eso. Ya no hay tradición, muchas fábricas cambian su producción de textil a papel o viceversa según el mercado y paran cuando no hay demanda o las condiciones climatológicas son adversas, en época de sequía por ejemplo. Entonces, que cada uno se las apañe como pueda. Ahora bien, cuando la situación vuelve a ser favorable a sus intereses, abren sus puertas y ¿qué ofrecen? Salarios cada vez más bajos, insuficientes incluso para comer algo que no sean patatas hervidas con un poco de bacalao o unos huesos. ¡Cómo no va a levantarse quien ve que nunca saldrá de la miseria física e intelectual en que se encuentra!

―Permítame, don Anselmo, que le diga que siempre se ha trabajado, ahora con máquinas y antes sin ellas. También los niños, y las mujeres. Y no parece que las condiciones fueran mejores que ahora, de lo contrario no abandonarían sus pueblos y vendrían aquí a buscar empleo.

―Lo decía usted antes, amigo Garrigós, vivimos otros tiempos. Que los anteriores no fueran buenos no justifica que ahora reine la mezquindad. Es cierto lo que dice, siempre han trabajado todos, mujeres y niños incluidos, de sol a sol, pero no como ahora. No es lo mismo ayudar al padre o a la madre que pasar todo el día en la fábrica como sucede con muchos pequeños trabajadores de seis y siete años. Algunos de ellos incluso se quedan a dormir en el molino donde trabajan, a una hora o más de su hogar, si es que se puede llamar hogar a los cuchitriles en que moran. Sus fuerzas no dan para más. No es lo mismo, no.

―No digo yo que sea lo mismo. Es evidente que hay que establecer leyes que regulen su uso, pero sin olvidar a quienes…

Don Anselmo no dejó a Garrigós que terminara la frase.

―Olvidamos que la razón es el único medio para resolver los problemas del alma y, así, llevamos camino de cambiar unos déspotas por otros. La razón y la instrucción, por supuesto. Solo mediante los principios de la razón se puede garantizar los derechos de los hombres a la vida, la libertad y la propiedad. Solo la instrucción liberará a estos pobres desgraciados de la superstición y de las rancias tradiciones por las que rigen sus vidas. ¿Qué puede esperarse de un país acabado ya de sufrimientos, hastiado hasta la desesperación, en el que los hombres que manejan el timón de los negocios públicos son sobradamente ineptos para regirlos o muy mal aconsejados para plantearlos? Se ciegan por la vanidad, siempre natural a las pequeñas almas, pues eso son, pequeños de alma, arrogantes iletrados que pretenden arrollar el curso natural y poderoso de la opinión pública dando solo su confianza a codiciosos e intrigantes aduladores de los que únicamente obtienen consejos engañadores y funestos.

―Hay que cambiar la Constitución, la…

Don Anselmo tampoco dejó a Reig terminar la frase.

―¿Constitución? ¿Qué Constitución? ¿Tenemos acaso Constitución? No señor, tenemos una buena mierda. Eso es lo que tenemos.

Alterado ─la vehemencia de su carácter aumentaba a medida que su discurso avanzaba─, se levantó y con un simple Que pasen un buen día marchó sin dar pie a más.

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