CAPÍTULO I.1

I.1

El pesado y enorme mazo del martinete golpeaba con fuerza los trapos hasta deshacerlos por completo. Subía y bajaba a un ritmo infernal, invariable, monótono, una y otra vez. Los machacaba mientras una corriente de agua eliminaba las impurezas. La operación era necesaria para obtener la pasta que, una vez secada y prensada, serviría para confeccionar hojas de papel.
Esclafit ponía los trapos viejos y Samuel debía sacar la masa conseguida. Ambos tenían trece años y estaban unidos por los lazos de la miseria y la necesidad. Ganaban poco, incluso menos que las mujeres, pero su jornal devenía indispensable en el día a día de sus familias. No era la primera vez que trabajaban, llevaban haciéndolo, como todos los niños de familias obreras, desde los seis años en cualquier clase de ocupaciones, las que se suponía eran adecuadas a su edad.
Nunca olvidaría Samuel su primer día en el molino papelero. El sereno acababa de cantar las cinco de la mañana. Al oírlo, su padre, Vicent, se levantó de la cama y le despertó.

―Venga, vamos ─dijo al niño mientras metía en un talego pan, tocino y un poco de melva seca.

Hacía mucho frío. Lloviznaba y amenazaba nieve. La calle estaba oscura y el taf-taf de los telares que habían estado funcionando toda la noche en las buhardillas a la luz de las velas resonaba cual repetitiva cantinela. Las salidas de la ciudad pronto se llenaron de sombras en una lúgubre atmósfera camino a las tenebrosas fábricas. Hombres, mujeres y niños se dirigían maquinalmente a aquellos establecimientos que transformaban las materias primas en productos con los que comerciar, al tiempo que las reiteradas, cansadas e inacabables operaciones de siempre los transformaban también a ellos en mercancía, hasta que exhaustos, inservibles, quedaran descartados, como si fuesen una máquina o una herramienta, y no precisamente la más valiosa. Primaba el principio de utilidad. La constante inanición y degradación de los sentidos les convertía en inválidos físicos y espirituales antes de llegar a la madurez.

Destacaba la multitud de niños pequeños, muchos descalzos y harapientos que tiritando de frío iban de la mano de sus padres. Algunos, como Samuel, casi a rastras, pues no habían conseguido espabilarse aún. Para estimularles, para estimularse todos, para aguantar e impedir que el sueño les venciera ─lo que podía ocasionar graves accidentes laborales─, los mayores llevaban un recipiente de latón con café, al que habitualmente le añadían aguardiente.

Comenzó trabajando Samuel en la selección del trapo. A mediodía se sentía tan cansado que apenas se tenía en pie. Trataba de apoyarse en alguno de los pilares de las bóvedas sobre las que descansaba el edificio, aunque fuese un instante. Su tambaleo despertaba las risas y burlas de los mayores. Se acompañaban estas de los pellizcos y collejas que le propinaba su padre cuando el cansancio hacía mella en él y de los malos modos del encargado, siempre arriba y abajo vergajo en mano, que no dudó en usar cuando el chico se paró, atizándole un par de trallazos. Samuel se puso a llorar y por respuesta obtuvo más risas y burlas.

Cuando pasadas las cinco de la tarde, ya de noche, regresó a casa de nuevo acompañado de su padre, quien hubo de cogerlo en brazos durante buena parte del trayecto de vuelta, se dejó caer enseguida sobre un sucio jergón. Se puso luego a jugar en una esquina de la habitación con un par de palos que había recogido de la calle. Con uno de ellos golpeaba un extremo del otro para elevarlo, tratando de darle de nuevo mientras estaba en el aire. Momentos después se quedó dormido.

Al día siguiente se repitió el proceso, y al otro, y también los sucesivos. Cambiaba de tarea ─fue luego sayalero, ayudando al ponedor a volcar el pliego de papel que salía de la tina sobre un fieltro o sayal, y trabajó también machacando papel, cumplidos los diez años, siendo ya aprendiz─ pero su función seguía siendo la misma. Samuel empezó a ir solo a la fábrica, sus horarios dejaron de ser compatibles con los de su padre, y consideró su implacable rutina lo más normal del mundo.

En 1862, con trece años, había comenzado a trabajar en el martinete. Allí conoció a Blas, a quien todo el mundo llamaba Esclafit, apodo que le venía de su habilidad en el manejo de la honda, con la cual emitía chasquidos en el aire antes de tirar. Disponían del tiempo justo y tenían que sincronizar a la perfección sus movimientos con los del infatigable ingenio, siempre de pie, en un reducido espacio en el que unos y otros prácticamente se rozaban.

Las voces de operarios pidiendo materia prima se mezclaban con los gritos del encargado metiendo prisas a los responsables de su obtención. Con el dedo gordo de su mano derecha metido entre el cinturón y el pantalón, dispuesto a usar la correa en cualquier momento, Pellerot se había ganado merecidamente la fama de ser uno de los encargados que se comportaba con mayor brutalidad, si no el que más. Su falta de humanidad era conocida por todos, pero era tanta la necesidad que pocos padres se oponían a que sus hijos trabajaran bajo sus órdenes e incluso se daba el caso de quienes mentían sobre la edad de sus vástagos si de ese modo conseguían ingresos más elevados.

De Pellerot se contaban toda clase de tropelías. Una de las más comentadas fue cuando persiguió a caballo a un obrero de dieciséis años que se había ausentado del molino sin su permiso, golpeándolo con una larga vara hasta dejarlo inconsciente en el suelo. Sarita, una joven de catorce años, embarazada de más de seis meses, se veía obligada a agacharse y levantarse afanosamente seleccionando el trapo a pesar de su estado. Todos sabían que Pellerot era el responsable de su preñez y que al enterarse de la noticia la ignoró, menos cuando hacía las cosas mal, o así lo creía. Entonces la trataba como a los demás, con la misma severidad.

El constante y acompasado golpeo del enorme mazo no toleraba distracción alguna. Samuel y Esclafit bien que lo sabían, durante el año que llevaban trabajando en el molino papelero habían visto ya perder a otros niños de su misma edad varios dedos de la mano por no retirarla a tiempo. Los dos chicos procedían con sumo cuidado y apenas hablaban entre ellos, si bien les costaba reprimirse no comentar la trastada del día anterior y soltar una risa recordando las travesuras en las que, pasiva o activamente, se habían visto inmiscuidos.

En una de esas, el mazo descendió bruscamente sobre la plataforma en que Esclafit colocaba los trapos, pero esta vez, entre los trapos y la madera de la plataforma encontró su mano. Un descuido, un simple descuido, unos instantes, una mirada a cualquier cosa, a cualquier sitio, a cualquier compañero. Sabía que no debía desviar la vista, la faena requería completa atención. Y mira que Pellerot se lo decía.

De repente, a sus espaldas, Samuel escuchó un seco golpe, el quejido de su amigo y la rugiente y amenazadora voz del encargado, prácticamente todo al mismo tiempo. Esclafit había pisado el pedal antes de retirar la mano. Los trapos, la mayoría blancos, de algodón, se tiñeron de rojo. Samuel se estremeció. Esclafit chillaba, cayó al suelo, se retorcía de dolor, con la mano derecha tocaba los muñones sangrantes de los dedos de la otra. El martinete paró y el silencio solo fue roto por los gritos de Pellerot.

―¡Me cago en Dios! ¿Qué cojones ha pasado?
―El chaval… Se ha pillado la mano ─dijo alguien.
―¡Puta mierda! Otro más. Es que no estáis en lo que tenéis que estar. Venga, llevároslo al hospital.

Dos hombres cogieron al muchacho, que gemía y se quejaba a causa del dolor, y se lo llevaron en una de las carretillas con las que transportaban las resmas de papel. El martinete se puso de nuevo en marcha y volvió la “normalidad”. Un ininteligible murmullo acompañaba el ruido del martinete. Pobre chico, lástima, qué desgracia, hace unos días que su padre se quedó sin faena… Todo eran lamentaciones. Eso sí, en voz baja, Pellerot no toleraba la más mínima queja.

―¡Silencio! ¡A trabajar, malditos gañanes! Luego suceden las desgracias y todo son lamentos. ¡A trabajar!

A Samuel se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se contuvo al darse cuenta de que Pellerot lo observaba. Como todos los demás, calló y siguió con su tarea, lleno de rabia y de odio. Miraba a diestro y siniestro, con cautela, no fuera que Pellerot la tomara con él. Miraba sobre todo a sus compañeros, a los mayores especialmente. Solo veía cabezas gachas, imposible cruzar la mirada con la de nadie. Únicamente se escuchaba el martilleo del martinete y, de vez en cuando, a Pellerot exigiendo que se afanaran y recuperaran el tiempo perdido. Como si nada hubiera pasado.

 

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